Las cosquillas no se reparten por el cuerpo de forma aleatoria. Un equipo de investigación ha elaborado un mapa de alta resolución a partir de las respuestas de 448 adultos de China, Países Bajos y Grecia. El resultado, publicado este 10 de agosto en Nature Human Behaviour, detecta patrones muy parecidos entre los tres grupos y respalda parcialmente una idea formulada por Charles Darwin: las zonas que se tocan con menos frecuencia suelen ser más sensibles a las cosquillas.
El trabajo se centra en la gargalesis, las cosquillas que suelen provocar risa, sobresalto o el impulso de apartarse, y no en el roce suave que puede causar picor. Los participantes describieron sus experiencias y colorearon siluetas corporales para indicar dónde notaban las cosquillas. Con ese material, los autores compararon las zonas señaladas con mapas de sensibilidad táctil, dolor, placer, grosor de la piel, diámetro arterial y exposición al contacto.
Un patrón que se repite en tres grupos culturales
Las áreas más destacadas del mapa fueron las axilas, el abdomen, el cuello y las plantas de los pies. El análisis no encontró diferencias de fondo que separasen los patrones de los grupos chino, neerlandés y griego: tanto los puntos sensibles como las reacciones y la dimensión social de la experiencia fueron ampliamente coincidentes.
La muestra no pretende medir la prevalencia mundial con exactitud, pero sí permite poner a prueba si el fenómeno conserva una organización corporal reconocible en personas de procedencias distintas. El modelo estadístico utilizado por el equipo pudo generalizar el patrón entre culturas y entre participantes, un resultado que refuerza la idea de que no se trata solo de una costumbre social aprendida.
Darwin encaja, pero no explica todo
El estudio evaluó cinco explicaciones propuestas para entender por qué unas zonas resultan más cosquillosas que otras. La que mejor encajó fue la de la exposición al tacto: las regiones menos tocadas en la vida cotidiana tendían a aparecer como más sensibles. Es el aspecto que conecta los datos con la hipótesis de Darwin, aunque los autores subrayan que esa relación no basta por sí sola.
Los mapas no coincidieron con la distribución del grosor de la epidermis ni con las zonas de mayor inervación táctil. Tampoco respaldaron una explicación simple basada en la vulnerabilidad física de determinadas partes del cuerpo o en que las áreas más cosquillosas sean necesariamente las más placenteras. La conclusión es más prudente: la experiencia parece depender de una combinación de factores fisiológicos, psicológicos y sociales.
Otro resultado útil es que las cosquillas no equivalen a disfrute. Reír o intentar escapar fueron reacciones frecuentes, pero el estudio recoge respuestas ambivalentes y una parte de los participantes las considera desagradables. Por eso, el trabajo no convierte la risa en una señal automática de bienestar ni permite extraer conclusiones sobre situaciones con desconocidos, que no fueron el objeto de la investigación.
Qué cambia para quien lo lee
El nuevo mapa aporta una referencia más precisa para estudiar una sensación cotidiana que sigue teniendo preguntas abiertas. Separa las cosquillas de otras modalidades de contacto y ofrece datos comparables para futuros experimentos sobre predicción sensorial, interacción social y procesamiento del tacto. También ayuda a entender por qué resulta tan difícil provocárselas a uno mismo: cuando el contacto es previsible, el cerebro puede atenuar la respuesta.
Es una línea de trabajo distinta de la observación astronómica, pero comparte la importancia de convertir un fenómeno difícil de apreciar a simple vista en datos contrastables: el hallazgo de remolinos Kelvin–Helmholtz en el Sol es otro ejemplo reciente de esa investigación basada en mapas y mediciones. En este caso, el siguiente paso será comprobar qué mecanismos neuronales y sociales explican el patrón, sin presentar una hipótesis parcial como respuesta definitiva.








