La empresa británica OLIX ha cerrado una ronda de financiación de serie B de 312 millones de dólares, una operación que eleva su valoración a 3.300 millones apenas dos años después de su fundación. El capital se destinará a completar y fabricar una plataforma de chips concebida específicamente para ejecutar modelos de inteligencia artificial. Su propuesta intenta resolver uno de los grandes problemas de la industria: generar respuestas con mayor rapidez y menor consumo energético.
La operación reúne a nuevos inversores como Fundomo, Arm y Hudson River Trading, además de participantes particulares y los fondos que ya respaldaban el proyecto. Junto al dinero, la compañía incorpora a su consejo a Nick McKeown, figura clave de las redes definidas por software, y ficha como director financiero a Matt Briers, que ocupó ese cargo en Wise durante nueve años.
Una fábrica de tokens dentro del centro de datos
La idea central de OLIX parte de una comparación sencilla: un centro de datos dedicado a la IA funciona como una fábrica cuyo producto son los tokens, las pequeñas unidades con las que un modelo construye cada respuesta. En los sistemas actuales, un mismo acelerador generalista debe completar operaciones muy diferentes. La empresa propone repartir esas tareas entre componentes especializados, como ocurre en una cadena de producción.
La plataforma X-1 distribuye un modelo completo entre numerosos chips, de modo que cada uno se concentra en una fase concreta del cálculo. Aun así, el diseño mantiene una arquitectura programable para adaptarse a modelos que cambian con rapidez. No se trata, por tanto, de grabar de forma permanente una única red neuronal en el silicio.
El otro elemento distintivo es la comunicación. Las placas se enlazan mediante una interconexión óptica que mueve los datos con luz en lugar de depender únicamente de pistas de cobre. OLIX la describe como una conexión «lenta y ancha»: prioriza trasladar grandes cantidades de información con poca latencia y un coste energético reducido. Un compilador determinista se encarga de ordenar el trabajo entre los distintos racks.
DX-1 será el primer acelerador
El primer chip de la familia se llama DX-1 y está pensado para la fase de decodificación, el momento en que el modelo razona y genera su salida. OLIX fija como objetivo superar los 10.000 tokens por segundo y usuario en modelos de 100.000 millones de parámetros, manteniendo al mismo tiempo una alta eficiencia por vatio. Es una cifra anunciada por la propia empresa y todavía deberá validarse con equipos finales y cargas de trabajo independientes.
El diseño almacena el modelo en memoria SRAM integrada en los chips. Esta memoria es muy rápida y eficiente, aunque resulta más cara y ocupa más superficie que otras opciones. La arquitectura busca compensarlo mediante el reparto a gran escala: los modelos quedan extendidos por muchos componentes y el sistema puede crecer a varios racks.
DX-1 evita tanto el empaquetado avanzado como la memoria HBM, dos recursos especialmente tensionados por la expansión de la IA. Esa decisión podría facilitar la fabricación en volumen y reducir la dependencia de una cadena de suministro concentrada, pero también obliga a demostrar que el conjunto completo mantiene sus ventajas cuando aumenta el número de chips.
Una apuesta que aún debe llegar al mercado
La financiación cubre el camino hasta las primeras entregas, previstas para la segunda mitad de 2027. También permitirá contratar especialistas en silicio, fotónica, compiladores y sistemas en Londres, Bristol, Austin, Toronto y San Francisco. La compañía diseña el rack completo, incluidos chips, láseres y red, en vez de limitarse a vender un acelerador aislado.
Ese enfoque integral puede ser una ventaja porque permite ajustar cada pieza al resto, pero eleva la dificultad industrial. Fabricar silicio, integrar óptica y desplegar software compatible son retos distintos que deben funcionar a la vez. OLIX llega además a un mercado dominado por plataformas maduras, con extensos ecosistemas de programación y años de experiencia operativa.
La entrada de Arm aporta relevancia técnica a la ronda, mientras que el respaldo del fondo público británico Sovereign AI refleja el interés de Reino Unido por desarrollar capacidad propia en semiconductores. El nombramiento de McKeown refuerza especialmente el área de redes, decisiva cuando un modelo se reparte entre grandes cantidades de hardware.
El dinero no convierte todavía a X-1 en un producto probado. La noticia importante es que OLIX dispone ahora de recursos para pasar del diseño a los primeros racks y someter su arquitectura a clientes reales. Si cumple sus objetivos de rendimiento, consumo y fabricación, su sistema ofrecería una alternativa especializada para la inferencia, la parte de la IA que se ejecuta cada vez que un usuario solicita una respuesta.
La carrera de los chips ya no consiste únicamente en construir un procesador más potente. También implica decidir cómo se reparte el modelo, dónde se guarda y cómo circulan sus datos. OLIX apuesta por especialización, memoria local y enlaces ópticos; los próximos dieciocho meses mostrarán si esa combinación puede competir fuera del laboratorio.








