Una tibia atribuida a Iguanodon bernissartensis ha conservado durante unos 125 millones de años las señales de una grave afección sufrida en vida. El fósil, procedente de Morella, en Castellón, presenta una reacción ósea asociada a una infección de los tejidos blandos situados sobre la extremidad.
Los autores presentan el hallazgo como el primer caso documentado de este tipo de respuesta patológica en un dinosaurio. Según los autores, es una interpretación no confirmada compatible con una úlcera cutánea avanzada de origen bacteriano. Esta identificación no equivale a encontrar directamente los microorganismos responsables.
Una exploración sin dañar el fósil
Para estudiar la lesión, el equipo examinó el interior de la tibia mediante tomografía computarizada. Las imágenes permitieron construir modelos tridimensionales de alta resolución y analizar la estructura interna del engrosamiento sin cortar ni alterar una pieza fósil irreemplazable.
Ese examen sirvió para realizar un diagnóstico diferencial. Los investigadores descartaron que la deformación fuese un callo de fractura, porque el hueso no mostraba las alteraciones internas propias de la remodelación que acompaña a su curación. También rechazaron distintas explicaciones tumorales al no encontrar sus rasgos característicos.
La hipótesis que mejor encaja con las observaciones es una infección de los tejidos blandos sobre la tibia. El organismo reaccionó formando nuevo tejido alrededor de la zona afectada, lo que provocó una reacción perióstica y un engrosamiento de la corteza del hueso.
El animal sobrevivió durante un tiempo
La formación de tejido óseo nuevo aporta una información especialmente valiosa: el dinosaurio no murió inmediatamente después de sufrir la lesión. Permaneció vivo el tiempo suficiente para desarrollar una respuesta prolongada frente a la infección, cuya huella terminó incorporada al fósil.
Según los autores, y como interpretación no confirmada de la lesión, la úlcera pudo ser polimicrobiana y guardar similitudes con ciertas úlceras tropicales descritas en medicina humana. También estiman que habría causado dolor persistente, inflamación y una limitación funcional importante, aunque el fósil no permite medir con exactitud cuánto afectó a sus movimientos.
El interés del estudio va más allá de identificar una enfermedad concreta. La paleopatología permite reconstruir episodios de la vida de animales extinguidos: no solo cómo eran sus huesos, sino también cómo respondían sus organismos ante traumatismos e infecciones. En este caso, una sola tibia conserva tanto la lesión como la reacción biológica del individuo.
La tecnología médica aplicada al pasado
La combinación de tomografía, reconstrucción tridimensional y diagnóstico diferencial demuestra el valor práctico de trasladar técnicas clínicas a la paleontología. El mismo principio de observación no destructiva permite extraer información antes inaccesible sin comprometer el material estudiado, ampliando lo que puede conocerse de restos únicos.
Es una forma de investigación que comparte objetivo con otros instrumentos científicos avanzados: hacer visible lo que no puede observarse directamente. Mientras instalaciones como LST-1 y MAGIC examinan fenómenos a miles de millones de años luz, la tomografía permite adentrarse en un hueso del Cretácico y reconstruir parte de la historia médica de un animal concreto.
El resultado ofrece una imagen menos estática de los dinosaurios. También enfermaban, soportaban lesiones graves y podían sobrevivir el tiempo necesario para que sus huesos registrasen esa lucha. En Morella, ese proceso quedó preservado durante 125 millones de años.








